Pues sí, llegamos al final del 2010 y sus últimos estertores; apenas quedan unos suspiros para quedar atrás y, como siempre, hacemos balance de lo bueno y malo que nos ha deparado con el fín de, quizás absurdamente, catalogar el año que ya expía como un ciclo positivo o negativo para nuestras vidas.
Salvo excepciones en que para algunos se hayan producido acontecimientos extremos, creo que al final, como todo, la balanza más o menos se nivela y siempre hay tantos buenos momentos que recordar como malos. En mi caso, que no es diferente, a un lado de la balanza podría poner pésimos momentos que este año me ha deparado pero, afortunadamente, en el otro lado también han habido momentos tan buenos o más como los negativos que ya quedaron atrás.
No ha sido un año fácil, cerré un ciclo largo e importante de mi vida de la manera más decepcionante que podía esperar o imaginar y en el que atravesé una dura crisis personal y laboral que casi me hizo doblegar. Pero como alguien dijo la crisis son oportunidades de cambio o bien algo inevitable cuando algo se agota y toca cambiar, y mi caso no ha sido una excepción.
Mirando hacia atrás y ya con perspectiva me siento afortunado. Digo afortunado porque la vida me ha presentado esas oportunidades que mencionaba para hoy poderme sentir tremendamente agraciado. Laboralmente dejé atrás un ciclo largo de insatisfacción que me tenía estancado y hoy puedo sentirme muy contento de iniciar un nuevo camino que, aunque tampoco será fácil y será largo, me hace mirar hacia adelante con ilusión, confianza y rodeado de oportunidades. Lo importante es que será un camino que tendré que labrarme yo sólo y que me ayudará, sin duda, a seguir creciendo personalmente en un aspecto que hacía mucho tiempo que me sentía bloqueado.
Y en lo personal los cambios al final han sido igual o más positivos. No es un tópico aquello de que en los peores momentos es cuando se rompen y se refuerzan los lazos que nos unen a otra gente. En mi caso se reforzaron muchos lazos familiares que despertaron cuando más los necesitaba y que creía olvidados y se confirmaron la fortaleza de otros muchos de amistades que o bien nunca se han ido de mi lado o bien aparecieron después de mucho tiempo. Ellos tienen la culpa de que no flaqueara finalmente y de que supiera agarrarme a las oportunidades que la vida me presentó ante mí. También se rompieron o desaparecieron otros pocos, como es inevitable, pero a pesar de la decepción que en su momento me produjeron por ver cómo se volatilizaron no guardo ningún rencor ni dolor por ello. Mi conciencia está tranquila, siempre he sido honesto y consecuente conmigo mismo y, por lo tanto, no debo de ser yo quien dedique más tiempo a pensar en ello.
Nuevas oportunidades, nuevos caminos, muchos cambios...y sí, también alguien muy especial con quien sonreir y soñar a diario. Por eso en una horas cogeremos nuestras maletas, desapareceremos del mundo cotidiano y pondremos rumbo a un rincón del planeta donde despediremos el año juntos y recibiremos el nuevo con nuevas ilusiones y deseos por compartir. Será un buen momento para agradecer que todo haya pasado como ha pasado, de celebrar habernos encontrado y, sobre todo, de disfrutar de todo lo que ahora se nos ofrece y seguir aprovechando las oportunidades que la vida nos ofrece.
Por eso, cuando caiga el último segundo de este año, acordaros que desde algún sitio de este planeta una persona se estará acordando de todos vosotros, los que estuvisteis a mi lado y me sostuvisteis, y que lo haré pleno de felicidad y deseándoos lo mejor. El resto del tiempo, como imaginareis, andaré ausente de todo y todos compartiendo el momento con esa persona tan especial que merece tanto o más que el doble de todo lo bueno que este año he recibido yo.
No hace falta ser muy ducho en el tema para proclamar que el cine ya no es lo que era. Han pasado ya más de 30 años desde que el séptimo arte tuvo una generación referencia que significara un antes y un después en lo que hicieran y que, sobre todo, creara toda una escuela de herederos. Hablamos de aquellos genios tales como Coppola, Scorsese, De Palma, Lucas, Spielberg (y yo incluyo a Terrence Malick, lo siento)...sí, los mismos que no hace mucho entregaron al segundo de ellos su primer oscar como director como reivindicación de la famosa frase "cualquier tiempo pasado nos parece mejor". No voy a detenerme ahora a hablar de ellos, pues todo está dicho ya, pero bien es cierto que desde entonces, salvo alguna gozosa excepción (pienso ahora en Clint Eastwood, sobre todo, o Tarantino, Michael Man, los hermanos Cohen...), resultaba ardúo de dificil poder elbaorar una nueva lista generacional que hubiera, o atisbara con tomar, el relevo de dicha hornada de genios que marcara una generación.
Sin embargo, y afortunadamente, aunque breve si que es cierto que por lo menos a modo personal si he sido capaz de ir creando una pequeña lista de directores cuya trayectoria me parece meritoriamente digna de pasar a formar parte de esta idea que comento en estas líneas. Enumero por ello a mis más firmes candidatos, bajo mi humile opinión, a en un futuro cercano poder fundar su propia referencia y generación :
SAM MENDES: Sólo por su obra maestra American Beauty merecía ya glosar esta lista. Con sólo una obra logró soprender a crítica, público y academia con su singular mirada a la clase media americana (tema que posteriormente retomaría) creando algunas de las secuencias más míticas ya del cine de los '90. Con Camino a la perdición llegó su consagración, puro cine negro clásico donde siguió ahondando sobre los dificiles vínculos familiares, y posteriormente aunque en un grado un tanto menor sorprendió con una obra menor, pero no por ello menos talentosa, como fue Jarhead tratando un tema generacional como fue la guerra de Irak. Sin embargo, lo que sin duda me empujó a tener el honor de tomarle como referencia del cine actual fue su última obra Revolutionary Road, donde siguiendo la estela de su opera prima encuadró una perfecta obra maestra que trataba los lastres del conformismo en las familias de clase media americanas y las consecuencias de su renuncia a perseguir los sueños en pro de una a priori seguridad y estabilidad garantizada que desembocaba en una irremediable infelicidad.
ANG LEE: Decía en los '90 Steven Spielberg que la última gran obra maestra que había tenido el gusto de ver era Tigre y Dragón, sin duda la obra que definitivamente dio a conocer al director Taiwanés a toda clase de públicos. Antes ya nos había deleitado en su época taiwanesa con obras como El banquete de bodas y Comer, beber, amar. Tras ello llegaron una serie de inmensas obras como Sentido y Sensibilidad, Tigre y dragón y Brokeback Mountain, todas ellas obras maestras sin duda que sorprendían además por su perfecto sentido de producción americano tan alejado de su etapa anterior. Creo y recomiendo todas sus obras como películas imprescindibles en todo lo que se ha hecho en este arte en los últimos 20 años y que a todo cinéfilo ávido agradará visionar.
PAUL HAGGIS: Este es un caso un tanto más particular. Bien es cierto que su trayectoria como director se limita, por el momento, a dos obras nada más; aunque a mi me basten por sí solas para haberse ganado a pulso el mérito de calificarse, especialmente la primera de ellas, como varios de los mejores minutos de metraje rodados en el cine de los últimos 20 años. Su ópera prima, Crash, recuerdo que me produjo tal asombro viéndola en el cine que fue capaz de hacerme disfrutar de uno de esos tan escasos momentos en que de repente uno es consciente en tiempo real de la obra maestra y descubrimiento del que está siendo testigo y que son impagables. Su segunda obra, En el valle de Elah, siendo de un registro meridianamente diferente es sin duda una obra imprescindible y testimonial de la época en que fue estrenada, tratando, al igual que antes Jarhead, el tema de la guerra de Irak, pero esta vez puesto el objetivo en el seno de las familias americanas cuyos hijos acudieron alistados a este conflicto bélico de su generación. Al igual que a Sam Mendes, a Haggis le interesa profundizar en la sociedad americana de su tiempo a través del crisol variado de clases y sus relaciones (Crash) o a través del efecto en las familias de un conflicto político-bélico dirigido por el estado como es lo de Irak. Sin embargo, si sólo dos obras pudieran parecer poco para poder pasar a formar parte de semejante honor merece la pena recordar que Paul Haggis está detrás de gran parte del genio de Clint Eastwood en sus últimas obras maestras firmando el guión de maravillas incontestables tales como Million Dollar Baby o Cartas desde Iwo Jima.
DAVID FINCHER:Reconozco que para mí esta un paso por detrás de los anteriormente mencionados, pero es para mí sin duda uno de esos directores que en cuanto se que va a estrenar algo le doy absoluta prioridad para verlo. Ya apuntó maneras en su Alien 3, evidente obra de ejercicio de prácticas de estilo en el que ya se empezaban a vislumbrar las maneras que confirmaría en sus posteriores obras. Seven, The game y el Club de la lucha significaron su estallido como director y reconocimiento mundial, obras con las que a pesar de no gozar de una especial profundidad si que han apsado a ser indiscutibles referencias del cine de los '90. Sin embargo, hasta hoy, la para mí obra de madurez total de su estilo es Zodiac, una película que cuando me preguntan de qué va siempre contesto que eso da igual, probablemente no se me entienda lo que aquí acabo de decir, pero quien la vea que piense en lo poco que al final importa la trama, y lo que se disfruta paladeando la manera que nos tiene de contar lo que vá pasando. Puro cine de verdad. Me dececpcionó El curioso caso de Benjamin Button, sin embargo, aunque le reconozco méritos notorios que se agradecen en medio de tanta mediocridad actual.
DANNY BOYLE: Vale, también Danny Boyle está un paso por detrás de lo anterior, no lo voy a negar. Pero he de reconocer que me agrada de sobremanera e lenguaje cinematográfico de este director. Soy poco dado a las moderneces (en el peor y mejor estilo de la palabra), pero si claudico de vez en cuando, con Boyle es uno de los que gustosamente me dejo caer. Creo que actualmente salvo el maestro Tarantino (ya un clásico aunque siempre moderno) no hay autor que encaje tan a la perfección el lenguaje musical y visual y apueste tan claramente por historias cuanto menos diferentes o singulares y que, nos guste o no, han pasado sin duda al catálogo de referencias visuales de los '90 y '00. Veamos si no: Trainspotting, La playa, 28 días después y, sobre todo y sin duda, su obra maestra Slumdog Millonarie, para mí el mayor solplo de aire fresco del cine de los últimos años y su obra más redonda, atrevida y original.
ALEJANDRO GONZÁLEZ IÑÁRRITU: Esta es una pequeña gran concesión a la lista. Bien es cierto que la lista debía de enumerar los que a mi juicio tienen a fecha de hoy más papeletas de convertirse en los maestros de nuestra generación del cine americano. Pero me resulta imposible hablar de ellos sin añadir mi perdición por este director mexicano. Sobran las palabras al mencionar AmoresPerros, 21 gramos o Babel. El tándem que él en las lentes y Gullermo Arriaga en las letras formaron, dió tres de las obras más abrumadoramente talentosas del cine cercano. Reconozco que tengo serias dudas del resultado final de su separación, pues aún no he podido ver la opera prima de Arriaga como director y la tan esperada Biutiful que firma como director esta vez sin la insuperable muleta de Guillermo Arriaga. Hasta entonces no me atrevo a repartir o no el talento entre los dos, pero si hay una película que espero desde hace tiempo es esta en la que esta vez parece ser Bardem el que nos adentre esta vez en la habitual tormenta existencial tan propia de Iñárritu y su visión de la sociedad desde el interior individual.
Seguramente haya otros muchos cuya omisión sea un escándalo, pero como esto es subjetivo y hablo de las referencias culturales que me han traído hasta lo que hoy soy, esta es mi más sinera lista que me apetece compartir.
"La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado en hacer otros planes", decía John Lennon. No hay para mí ahora otra verdad más que ésta. Han sido años de planes, proyectos, ilusiones, sueños y compromisos los que me han traído hasta lo que ahora soy; hasta que un día, como decía Lennon, la vida ha querido que todo pasara de otra manera.
No puedo lamentarme por ello, han sido momentos maravillosos, una grata sorpresa que la vida me tenía reservada aunque al final sus planes fueran que acabara todo en forma de recuerdo. Aprenderé de los errores, tanto de los propios como de los ajenos, trataré de resolver las infinitas cuestiones del por qué aún sabiendo que la mayoría nunca me serán resueltas; pero no voy a dar espacio al rencor, a la decepción, ni al dolor; me niego a empañar algo que me ha hecho inmensamente feliz tras pasar el juicio de la balanza. He amado con todo lo que era y soy, he crecido como persona y alma, he soñado, he volado, he reído, he llorado, he errado y acertado, he dado y recibido, he rozado el paraíso con la yema de los dedos...he vivido...
Recogeré todas estas sensaciones, las guardaré en un lugar importante de mi interior para siempre y seguiré tejiendo mi destino; me empeñaré en continuar persiguiendo mis sueños mientras la vida, supongo, se encargará de hacer sus propios planes para mí.
Ha dolido demasiado. Más de lo que creía soportar. Pero a pesar de todo, mereció la pena.
Te vi salir cuando yo entraba al jardín de los imposibles
Estabas allí pero tu mente volaba a miles de kilómetros de mi
La orquesta tocaba ''Moon River'' y el viento dejó de mentir.
Creo recordar, que entonces dijiste: Algo me aleja de ti Algo me aleja de ti
Te vi mezclar a partes iguales las comas y los puntos aparte
Te vi lanzar monedas al aire sin saber la dirección que tomar
Pusiste en el crucigrama la ''P'' de poema y puñal, al acabar, dijiste en voz baja: Algo me aleja de ti Algo me aleja de ti
La orquesta tocaba ''Moon River'' y el viento dejó de mentir.
Creo recordar, que entonces dijiste: Algo me aleja de ti
Obama tiene un talento especial para hablar de temas dificiles. Sin dejar de emplear una oratoria extraordinaria, capaz de remover el espíritu adormecido de muchos ante la ausencia de mensajes ilusionantes en los líderes del mundo desde hace tanto tiempo que ni se recuerda, es capaz de afrontar cuestiones universales y abstractas desde la perspectiva de vías prácticas que plantea para llegar a soluciones concretas. Es, como digo, el mejor representante de aquel estilo que el presidente Kennedy empleó para intentar cambiar el curso de la historia con políticas concretas y mensajes que conmovieron a una generación de idealistas y que sirvieron de motor para empujar a los ciudadnos a tomar partido de ellas y a convencer al mundo de que otro mundo era posible y que sí, podemos lograrlo.
Es evidente que a Obama le quedan aún muchas ilusiones generadas por hacer realidad. Y aunque el reciente galardón del Nobel de la Paz ha presentado numerosas controversias y dudas sobre si había reunido ya los méritos suficientes como para merecerlo. es innegable que los primeros pasos que ha dado, aún también con las inevitables desilusiones, siguen siendo esperanzadores y, sobre todo, dejan claro el camino que pretende seguir en el rol que sabe puede jugar.
Quizás tengan razón los que piensan que es un galardón demasiado prematuro. Pero pienso que también la tienen los que entienden el premio como una llamada a Obama a no defraudarnos, como un acto que trata de empujar al líder a un compromiso que haga que sea más dificil de romper: no importan cuán dificiles sean las resistencias que en el camino encuentren sus ideas y promesas, el mundo necesita de ellas y no podemos esperar. Sean lo dificiles que sean, podemos.
En ese sentido y desde este punto de vista, el galardón no podía ser mejor. Siempre habrá momentos para honrar méritos como ha ocurrido en otras ocasiones, pero comprometer a quien puede ayudar a escribir los renglones más importantes del nuevo orden que está por crear, en el momento clave para ello, es cuánto menos valiente, comprometido y algo que merece la pena intentar.
No olvidemos que afrontamos un nuevo siglo con nuevos retos: la mejora de un orden económico que ha demostrado que no acaba de funcionar, nuevas vías de solución a nuevos conflictos que comprometen nuestra seguridad y estabilidad, un sistema de producción más sostenible para el medio en el que vivimos... en definitiva, un nuevo orden mundial que, partiendo de la recuperación de valores, garantice un nuevo progreso de la humanidad.
No soy tan ingenuo para pensar que sea sólo tarea o responsabilidad suya ni de ahora; pero sí creo en la importancia de amplificar su voz como conductor para dichos ideales. Tampoco soy tan crédulo como para confiar en que este premio asegure su compromiso con ello, pero si me parece necesario tratar de comprometerle a afrontar estas responsabilidades.
Sobre lo que finalmente pase, sólo el tiempo lo dirá. Pero hoy, leyendo su discurso ante el Comité Nobel de Noruega, he tenido la sensación de que estaba ante un discurso que como los de Kennedy, Allende, Mandela, Gandhi o el mismo Martin Luther King, acabará pasando a la historia y definirá la época que nos ha tocado vivir. Espero que con el tiempo comprobemos que también fué (o será) el momento en que todos esos sueños comenzaron a hacerse realidad.
Sus Majestades, Sus Altezas Reales, distinguidos miembros del Comité Nóbel de Noruega, ciudadanos de Estados Unidos y ciudadanos del mundo:
Recibo este honor con profunda gratitud y gran humildad. Es un premio que habla sobre nuestras mayores aspiraciones: que a pesar de toda la crueldad y las adversidades de nuestro mundo, no somos simples prisioneros del destino. Nuestros actos tienen importancia y pueden cambiar el rumbo de la historia y llevarla por el camino de la justicia.
Sin embargo, sería una negligencia no reconocer la considerable controversia que su generosa decisión ha generado.En parte, esto se debe a que estoy al inicio y no al final de mis labores en la escena mundial. En comparación con algunos de los gigantes de la historia que han recibido este premio –Schweitzer y King; Marshall y Mandela– mis logros son pequeños. Y luego hay hombres y mujeres alrededor del mundo que han sido encarcelados y golpeados en su búsqueda de la justicia; gente que trabaja en organizaciones humanitarias para aliviar el sufrimiento; millones en el anonimato cuyos silenciosos actos de valentía y compasión inspiran incluso a los cínicos más empedernidos. No puedo contradecir a quienes piensan que estos hombres y mujeres –algunos conocidos, otros desconocidos para todos excepto para quienes reciben su ayuda– merecen este honor muchísimo más que yo.
Pero quizá el asunto más controvertidol en torno a mi aceptación de este premio es el hecho de que soy Comandante en Jefe de un ejército de un país en medio de dos guerras. Una de esas guerras está llegando a su fin. La otra es un conflicto que Estados Unidos no buscó; uno en que se nos apoyan otros 43 países –incluida Noruega– en un esfuerzo por defendernos y defender a todas las naciones de ataques futuros.
De todos modos, estamos en guerra, y soy responsable por desplegar a miles de jóvenes a luchar en un país distante. Algunos matarán. A otros los matarán. Por lo tanto, vengo aquí con un claro sentido del precio de la guerra, lleno de difíciles interrogantes sobre la relación entre la guerra y la paz, y nuestro esfuerzo por reemplazar la una por la otra.
Estas dudas no son nuevas. La guerra, de una forma u otra, surgió con el primer hombre. En los albores de la historia, no se cuestionaba su moralidad; simplemente era un hecho, como la sequía o la enfermedad, la manera en que las tribus y luego las civilizaciones buscaban el poder y resolvían sus discrepancias. Y con el tiempo, a medida que los códigos legales procuraban controlar la violencia dentro de los grupos, los filósofos, clérigos y estadistas también procuraban controlar el poder destructivo de la guerra. Surgió el concepto de “guerra justa”, que proponía que la guerra solamente se justifica cuando cumple con ciertas condiciones previas: si se libra como último recurso o en defensa propia; si la fuerza utilizada es proporcional y, en la medida posible, si no se somete a civiles a la violencia.
Por supuesto, sabemos que durante gran parte de la historia, raramente se ha cumplido con este concepto de guerra justa. La capacidad de los seres humanos de idear nuevas maneras de matarse unos a los otros resultó ser inagotable, como también nuestra capacidad para tratar sin ninguna piedad a quienes no asemejan como nosotros o le rinden culto a un Dios diferente. Las guerras entre ejércitos dieron lugar a guerras entre naciones: guerras totales en que la distinción entre soldado y civil se volvía difusa. En el transcurso de treinta años, este continente se sumió dos veces en matanzas de ese tipo. Y aunque es difícil pensar en una causa más justa que la derrota del Tercer Reich y las potencias del Eje, la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto en el que el número total de civiles que murieron superó al de soldados que perecieron.
Como consecuencia de esa destrucción y con la llegada de la era nuclear, quedó claro para vencedores y vencidos, por igual, que el mundo necesitaba instituciones para evitar otra guerra mundial. Y, entonces, un cuarto de siglo después de que el Senado de Estados Unidos rechazara la Liga de Naciones, una idea por la cual Woodrow Wilson recibió este premio, Estados Unidos lideró al mundo en el desarrollo de una estructura para mantener la paz: un Plan Marshall y Naciones Unidas, mecanismos para regir la manera en la que se libran guerras, los tratados para proteger los derechos humanos, evitar el genocidio y restringir las armas más peligrosas.
En muchos sentidos, estos esfuerzos tuvieron exito. Sí, se han librado guerras terribles y se han cometido atrocidades. Pero no ha habido una Tercera Guerra Mundial. La Guerra Fría concluyó con una población jubilosa derrumbando un muro. El comercio tejió lazos entre gran parte del mundo. Miles de millones han salido de la pobreza. Los ideales de libertad, autonomía, igualdad y el imperio de la ley han avanzado a impulsos. Somos los herederos de la fortaleza y previsión de generaciones pasadas, y es un legado por el cual mi propio país legítimamente siente orgullo.
Pero aún asi, transcurrida una década del nuevo siglo, esta antigua estructura está cediendo ante el peso de nuevas amenazas. El mundo quizá ya no se estremezca ante la posibilidad de guerra entre dos superpotencias nucleares, pero la proliferación puede aumentar el peligro de catástrofes. El terrorismo no es una táctica nueva, pero la tecnología moderna permite que unos pocos hombres insignificantes pero con enorme ira asesinen a inocentes a una escala horrorosa.
Es más, las guerras entre naciones con mayor frecuencia han sido reemplazadas por guerras dentro de naciones. El resurgimiento de conflictos étnicos o sectarios; el aumento de movimientos secesionistas, las insurgencias y los estados fallidos – todas estas cosas progresivamente han atrapado a civiles en un caos interminable. En las guerras de hoy, mueren muchos más civiles que soldados; se siembran las semillas de conflictos futuros, las economías se destruyen; las sociedades civiles se parten en pedazos, se acumulan refugiados y los niños quedan marcados de por vida.
No traigo hoy una solución definitiva a los problemas de la guerra. Lo que sí sé es que hacer frente a estos desafíos requerirá la misma visión, arduo esfuerzo y perseverancia de aquellos hombres y mujeres que actuaron tan audazmente hace varias décadas. Y requerirá que nos replanteemos la noción de guerra justa y los imperativos de una paz justa. Debemos comenzar por reconocer el difícil hecho de que no erradicaremos la guerra durante nuestras vidas. Habrá ocasiones en las que las naciones, actuando individual o conjuntamente, concluirán que el uso de la fuerza no sólo es necesario sino también justificado moralmente.
Hago esta afirmación consciente de lo que Martin Luther King dijo en esta misma ceremonia hace años: “La violencia nunca produce paz permanente. No resuelve los problemas sociales: simplemente crea problemas nuevos y más complicados”. Como alguien que está aquí presente como consecuencia directa de la labor a la que el Dr. King le dedicó la vida, soy prueba viviente de la fuerza moral de la no violencia. Sé que no hay nada débil, nada pasivo, nada ingenuo en las convicciones y vida de Gandhi y King. Pero en mi calidad de jefe de Estado que juró proteger y defender a mi país, no me puedo guiar solamente por su ejemplo. Me enfrento al mundo tal y como es, y no puedo cruzarme de brazos ante amenazas contra americanos. Que no quede la menor duda: la maldad sí existe en el mundo. Un movimiento no violento no podría haber detenido los ejércitos de Hitler. La negociación no puede convencer a los líderes de Al Qaeda a deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no es una llamada al cinismo; es reconocer la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón.
Menciono este punto, comienzo con este punto porque en muchos países hoy en día hay un profundo cuestionamiento dela acción militar, independientemente de la causa. Y a veces, a esto se suma una suspicacia por tratarse de Estados Unidos, la única superpotencia militar del mundo.
Sin embargo el mundo debe recordar que no fueron simplemente las instituciones internacionales –no sólo los tratados y las declaraciones– los que le dieron estabilidad al mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Independientemente de los errores que hayamos cometido, hay un hecho clarísimo: Estados Unidos ha ayudado a garantizar la seguridad mundial durante más de seis décadas con la sangre de nuestros ciudadanos y la fuerza de nuestras armas. El servicio y sacrificio de nuestros hombres y mujeres de uniforme han promovido la paz y prosperidad desde Alemania hasta Corea, y permitido que la democracia eche raíces en lugares como los Balcanes. Hemos sobrellevado esta carga no porque queremos imponer nuestra voluntad. Lo hemos hecho por un interés propio y bien informado: porque queremos un futuro mejor para nuestros hijos y nietos, y creemos que su vida será mejor si los hijos y nietos de otras personas pueden vivir en libertad y prosperidad.
Entonces, sí, los instrumentos de la guerra tienen un papel que jugar en mantener la paz. Sin embargo, este hecho debe coexistir con otro: que independientemente de cuán justificada sea, la guerra conlleva tragedia humana. La valentía y el sacrificio del soldado están llenos de gloria, expresan devoción por la patria, la causa y compañeros de armas. Pero la guerra guerra por sí misma nunca es gloriosa, y nunca debemos exaltarla como si lo fuera.
Entonces, parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos aparentemente irreconciliables: que la guerra a veces es necesaria y que la guerra es, de cierta manera, una expresión de sentimientos humanos. Concretamente, debemos dirigir nuestros esfuerzos a la tarea que el Presidente Kennedy propuso hace tiempo. “Concentrémonos”, dijo, “en una paz más práctica, más alcanzable, basada no en una revolución repentina de la naturaleza humana, sino una evolución gradual de las instituciones humanas”. Una evolución gradual de las instituciones humanas.
¿Qué apariencia cobraría esta evolución? ¿Cuáles podrían ser estas medidas prácticas?
Para comenzar, considero que todos los países, tanto fuertes como débiles, deben cumplir con estándares que rijan el uso de fuerza. Yo, como cualquier jefe de Estado, me reservo el derecho de actuar unilateralmente si es necesario para defender a mi país. No obstante, estoy convencido de que cumplir con estándares internacionales, fortalece a quienes lo hacen y aísla a quienes no.
El mundo respaldó a Estados Unidos tras los ataques del 11 de septiembre y continúa apoyando nuestros esfuerzos en Afganistán, debido al horror de esos atentados sin sentido y el principio reconocido de defensa propia. De la misma manera, el mundo reconoció la necesidad de enfrentarse a Sadam Husein cuando invadió Kuwait, un consenso que envió un mensaje claro a todos sobre el precio de la agresión. Es más, Estados Unidos - de hecho ningún país - puede insistir en que otros sigan las normas si nosotros nos rehusamos a seguirlas. Pues cuando no lo hacemos, nuestros actos pueden parecer arbitrarios y menoscabar la legitimidad de intervenciones futuras, por más justificadas que sean.
Esto pasa a ser particularmente importante cuando el propósito de la acción militar se extiende más allá de la defensa propia o la defensa de una nación contra un agresor. Más y más, todos enfrentamos difíciles interrogantes sobre cómo evitar la matanza de civiles por su propio gobierno o detener una guerra civil que puede sumir a toda una región en violencia y sufrimiento.
Creo que se puede justificar la fuerza por motivos humanitarios, como fue el caso en los países balcánicos o en otros lugares afectados por la guerra. La pasividad carcome nuestra conciencia y puede derivar en una intervención posterior más costosa. Es por eso que todos los países responsables deben aceptar la noción de que las fuerzas armadas con un mandato claro pueden ejercer una función en el mantenimiento de la paz.
El compromiso de Estados Unidos con la seguridad mundial nunca flaqueará. Pero en un mundo en que las amenazas son más difusas y las misiones más complejas, Estados Unidos no puede actuar solo. Estados Unidos por su cuenta no puede lograr la paz. Ése es el caso en Afganistán. Es el caso en estados fallidos como Somalia, donde el terrorismo y la piratería van de la mano con la hambruna y el sufrimiento humano. Y lamentablemente, seguirá siendo la realidad en regiones inestables en el futuro. Los líderes y soldados de los países de la OTAN –y otros amigos y aliados– demuestran este hecho por medio de la habilidad y valentía que han mostrado en Afganistán. Pero en muchos países, hay una brecha entre los esfuerzos de los militares y la opinión ambivalente del público en general. Comprendo por qué la guerra no es popular. Pero también sé lo siguiente: la convicción de que la paz es deseable rara vez es suficiente para lograrla. La paz requiere responsabilidad. La paz conlleva sacrificio. Es por eso que la OTAN continúa siendo indispensable. Es por eso que debemos reforzar esfuerzos de mantenimiento de la paz a nivel regional y por la ONU, y no dejar la tarea en manos de unos cuantos países. Es por eso que honramos a quienes regresan a casa de misiones de mantenimiento de la paz y entrenamiento en el extranjero, en Oslo y Roma; Ottawa y Sydney; Dhaka y Kigali; los honramos no como artífices de guerra sino como promotores, como promotores de la paz.
Permítanme un punto final sobre el uso de la fuerza. Incluso mientras tomamos decisiones difíciles sobre ir a la guerra, también debemos pensar claramente sobre cómo librarla. El Comité del Nóbel reconoció este hecho al otorgar su primer premio de paz a Henry Dunant, el fundador de la Cruz Roja, y un promotor del Tratado de Ginebra.
Cuando la fuerza es necesaria, tenemos un interés moral y estratégico en obligarnos a cumplir con ciertas normas de conducta. Incluso cuando nos enfrentamos a crueles adversarios que no cumplen con ninguna regla, creo que Estados Unidos debe seguir dando el ejemplo respecto a los estándares en la conducta de guerra. Eso es lo que nos diferencia de quienes combatimos. Ésa es la fuente de nuestra fuerza. Es por eso que prohibí la tortura. Es por eso que ordené que se clausure la prisión en la Bahía de Guantánamo. Y es por eso que he reiterado el compromiso de Estados Unidos de cumplir con el Tratado de Ginebra. Perdemos nuestra identidad cuando no cumplimos los ideales que estamos luchando por defender. Y honramos dichos ideales al cumplir con ellos no sólo cuando es fácil, sino cuando es difícil.
He hablado extensamente sobre asuntos que debemos sopesar con la razón y el corazón cuando optamos por librar guerra. Pero permítanme pasar ahora a nuestro esfuerzo por evitar opciones tan trágicas y hablar sobre tres maneras en que podemos promover una paz justa y duradera.
En primer lugar, al tratar con aquellos países que transgreden normas y leyes, creo que debemos desarrollar alternativas a la violencia que son suficientemente firmes como para cambiar la conducta, pues si queremos una paz duradera, entonces las palabras de la comunidad internacional deben tener peso. Se debe hacer que aquellos regímenes que van en contra de las normas rindan cuentas por sus actos. Las sanciones deben conllevar un escarmiento real. La intransigencia debe combatirse con mayor presión, y esa presión existe sólo cuando el mundo actúa al unísono.
Un ejemplo urgente es el esfuerzo por evitar la proliferación de armas nucleares y lograr un mundo sin ellas. A mediados del siglo pasado, las naciones acordaron regirse por un tratado con un objetivo claro: todos tendrán acceso a la energía nuclear pacífica; quienes no tienen armas nucleares deben renunciar a ellas, y quienes tienen armas nucleares deben procurar el desarme. Me he comprometido a cumplir este tratado. Es el eje de mi política exterior. Y estoy trabajando con el Presidente Medvedev para reducir las reservas de armas nucleares de Estados Unidos y Rusia.
Pero también nos incumbe a todos insistir en que países como Irán y Corea del Norte no jueguen con el sistema. Quienes afirman respetar las leyes internacionales no deben hacer caso omiso de cuando se incumplen dichas leyes. Quienes se interesan por su propia seguridad no pueden cerrar los ojos ante el peligro de una carrera armamentista en el Oriente Medio o el Extremo Oriente. Quienes procuran la paz no pueden permanecer cruzados de brazos mientras los países se arman para una guerra nuclear. El mismo principio se aplica a quienes incumplen con las leyes internacionales al tratar brutalmente a su propio pueblo. Cuando hay genocidio en Darfur; violaciones sistemáticas en el Congo, o represión en Birmania, deben de haber consecuencias. Sí, habrá acercamiento; sí, habrá diplomacia – pero tiene que haber consecuencias cuando esas cosas fallen. Y mientras más unidos estemos, menores las probabilidades de que nos veamos forzados a escoger entre la intervención armada y la complicidad con la opresión.
Esto me lleva al segundo punto: el tipo de paz que buscamos. Pues la paz no es simplemente la ausencia de un conflicto visible. Solamente una paz justa y basada en los derechos inherentes y la dignidad de todas las personas realmente puede ser perdurable.
Entender esto fue lo que motivó a quienes redactaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos después de la Segunda Guerra Mundial. Tras la devastación, reconocieron que si no se protegen los derechos humanos, la paz es una promesa vana. Sin embargo, con demasiada frecuencia, se ignoran estas palabras. En algunos países, la excusa para no defender los derechos humanos es la falsa sugerencia de que éstos son principios occidentales, extraños a culturas locales o etapas de desarrollo de una nación. Y dentro de Estados Unidos, desde hace tiempo existe tensión entre quienes se describen como realistas o idealistas, una tensión que polariza las opciones: una mera lucha en defensa de nuestros intereses o una campaña interminable por imponer nuestros valores alrededor del mundo.
Rechazo estas opciones. Creo que la paz es inestable cuando se les niega a los ciudadanos el derecho a hablar libremente o practicar su religión como deseen; escoger a sus propios líderes o congregarse sin temor. Los agravios que no se ventilan empeoran, y la supresión de identidad tribal y religiosa puede llevar a la violencia. También sabemos que lo opuesto es cierto. Sólo cuando Europa obtuvo la libertad pudo finalmente encontrar la paz. Estados Unidos nunca ha librado una guerra contra una democracia, y nuestros amigos más cercanos son los gobiernos que protegen los derechos de sus ciudadanos. Independientemente de la frialdad con que se definan, no se satisfacen los intereses de Estados Unidos ni del mundo con la negación de las aspiraciones humanas.
Entonces, incluso mientras respetamos las culturas y tradiciones particulares de diferentes países, Estados Unidos siempre será una voz para las aspiraciones universales. Daremos testimonio de la silenciosa dignidad de reformistas como Aung Sang Suu Kyi; de la valentía de los zimbabuenses que emitieron sus votos a pesar de los golpes; de los cientos de miles que han marchado silenciosamente por las calles de Irán. Dice mucho el que los líderes de estos gobiernos teman a las aspiraciones de sus propios pobladores más que al poder de cualquier otra nación. Y es la responsabilidad de todas las personas y países libres hacerles saber que lla esperanza y la historia están de su lado.
Permítanme decir esto también: la promoción de los derechos humanos no puede limitarse a la mera exhortación. A veces, debe ir acompañada de una laboriosa diplomacia. Sé que el trato con regímenes represivos carece de la grata pureza de la indignación. Pero también sé que las sanciones sin esfuerzos de alcance –y la condena sin discusión- pueden mantener un status quo desesperante. Ningún régimen represivo puede ir por un nuevo camino a no ser que tenga la opción de una puerta abierta.
En vista de los horrores de la Revolución Cultural, la reunión de Nixon con Mao parecía imperdonable, pero no hay duda de que ayudó a llevar a China por un nuevo camino en el cual millones de sus ciudadanos han podido salir de la pobreza y entrar en contacto con sociedades abiertas. Los lazos del Papa Juan Pablo con Polonia crearon un espacio no sólo para la Iglesia Católica sino también para líderes sindicales como Lech Walesa. Los esfuerzos de Ronald Reagan por el control de armas y la aceptación de la perestroika no sólo mejoraron las relaciones con la Unión Soviética sino que otorgó poder a disidentes en toda Europa Oriental. No existe una fórmula simple. Pero debemos tratar de hacer lo posible por mantener el equilibrio entre el aislamiento y la negociación; la presión y los incentivos, de manera que se promuevan los derechos humanos y la dignidad con el transcurso del tiempo.
En tercer lugar, una paz justa incluye no sólo derechos civiles y políticos, sino que debe abarcar la seguridad económica y las oportunidades, pues la paz verdadera no es solamente la falta de temor, sino también la falta de privaciones.
No hay duda de que el desarrollo rara vez echa raíces sin seguridad; también es cierto que la seguridad no existe cuando los seres humanos no tienen acceso a suficiente alimento, el agua potable o los medicamentos que necesitan para sobrevivir. No existe cuando los niños no pueden aspirar a una buena educación o un empleo decente que mantenga a una familia. La falta de esperanza puede corromper a una sociedad desde su interior. Y es por eso que ayudar a los agricultores a alimentar a su propia gente, o a los países a educar a sus niños y a cuidar a los enfermos no es simplemente caridad. También es el motivo por el cual el mundo debe unirse para hacerle frente al cambio climático. Hay pocos científicos que no estén de acuerdo en que si no hacemos algo, nos enfrentaremos a más sequías, hambruna y desplazamientos masivos que alimentarán más conflictos durante décadas. Por este motivo, no son sólo los científicos y activistas los que proponen medidas prontas y enérgicas; también lo hacen los líderes militares de mi país que comprenden que nuestra seguridad común está en juego.
Acuerdos entre naciones. Instituciones sólidas. Apoyo a los derechos humanos. Inversiones en desarrollo. Todos éstos son ingredientes vitales para propiciar la evolución de la cual habló el Presidente Kennedy. Sin embargo, no creo que logremos la voluntad, la determinación o la resistencia necesaria para concluir esta labor sin tener algo más: esto es, la expansión continua de nuestra imaginación moral; una insistencia en que hay algo intrínseco que todos compartimos.
Al reducirse el mundo, uno pensaría que iba a ser más fácil que los seres humanos reconozcamos lo similares que somos; que comprendamos que todos nosotros queremos básicamente lo mismo; que todos anhelamos la oportunidad de vivir con cierto grado de felicidad y satisfacción para nosotros y nuestra familia. Sin embargo, dado el vertiginoso ritmo de la globalización y la homogenización cultural promovida por la modernidad, no debería sorprendernos que la gente tema perder lo que aprecia de su identidad particular: su raza, su tribu y quizá más que nada, su religión. En algunos lugares, este temor ha producido conflictos. A veces, incluso parecemos estar retrocediendo. Lo vemos en Oriente Medio, donde el conflicto entre árabes y judíos parece estar agravándose. Lo vemos en los países donde las divisiones tribales causan estragos. Y más peligroso aun, lo vemos en la manera en que se usa la religión para justificar el asesinato de inocentes por personas que han distorsionado y profanado la gran religión del Islam, y que atacaron a mi país desde Afganistán. Estos extremistas no son los primeros en matar en nombre de Dios; hay amplia constancia de las atrocidades de las Cruzadas. Pero nos recuerdan que ninguna Guerra Santa puede ser jamás una guerra justa, pues si uno realmente cree que cumple con la voluntad divina, entonces no hay necesidad de templanza, no hay necesidad de perdonarle la vida a una madre embarazada o a un asistente médico, o trabajador de la Cruz Roja, ni siquiera a una persona de la misma religión. Una perspectiva tan distorsionada de la religión no sólo es incompatible con el concepto de la paz, sino también creo que es incompatible con el propósito de la fe, pues la regla de vital importancia en todas las principales religiones es tratar a los demás como te gustaría que te traten a ti.
Cumplir con esta ley de amor siempre ha sido el foco en la lucha de la naturaleza humana. No somos infalibles. Cometemos errores y caemos presa de las tentaciones del orgullo y el poder, y a veces la maldad. Incluso aquellos de nosotros con las mejores intenciones a veces dejamos de rectificar los errores ante nosotros. Pero no tenemos que pensar que la naturaleza humana es perfecta para continuar creyendo que se puede perfeccionar la condición humana. No tenemos que vivir en un mundo idealizado para seguir aspirando a los ideales que lo harían un lugar mejor. La no violencia que practicaban hombres como Gandhi y King quizá no sea práctica o posible en todas las circunstancias, pero el amor que predicaron, su fe en el progreso humano, siempre debe ser la estrella que nos guíe en nuestra travesía.
Pues si perdemos esa fe, si la descartamos como tonta o ingenua, si existe un divorcio entre ésta y las decisiones que tomamos sobre asuntos de guerra y paz… entonces perdemos lo mejor de nuestra humanidad. Perdemos nuestro sentido de lo que se puede lograr. Perdemos nuestra brújula moral.
Al igual que las generaciones anteriores a la nuestra, debemos rechazar ese futuro. Como dijo el Dr. King en una ceremonia similar hace tantos años, “Me niego a aceptar la desesperanza como la respuesta final a la ambigüedad de la historia. Me niego a aceptar la idea de que la realidad actual de la naturaleza humana haga que el hombre sea moralmente incapaz de alcanzar las aspiraciones eternas a las que siempre se ha enfrentado”. Aspiremos al mundo que debería existir: esa chispa de divinidad que aún llevamos como inspiración en el alma.
Hoy en algún lugar, en estos precisos momentos, en el mundo, un soldado ve que alguien lo encañona pero permanece firme para mantener la paz. Hoy en algún lugar de este mundo, una joven manifestante aguarda la brutalidad de su gobierno, pero tiene la valentía de seguir marchando. Hoy en algún lugar, una madre lucha contra una pobreza devastadora pero a pesar de todo dedica parte de su tiempo a educar a su hijo porque cree que un mundo cruel todavía puede dar cabida a sus sueños.
Vivamos siguiendo su ejemplo. Podemos asumir que la opresión siempre estará entre nosotros y aun así, esforzarnos por lograr la justicia. Podemos admitir la inflexibilidad de la depravación y aun así, esforzarnos por lograr la dignidad. Podemos comprender que habrá guerras y aun así, esforzarnos por lograr la paz. Podemos hacerlo, pues ésa es la historia del progreso humano; ésa es la esperanza de todo el mundo, y en este momento de desafíos, ésa debe ser nuestra labor aquí en la Tierra.
(OJO! ESTA ENTRADA CONTIENE SPOILERS SOBRE EL FINAL DE LA SERIE)
Antes o después tenía que llegar el día; y no me refiero únicamente al final drámatico de la serie, sino al hecho real de que todo tiene un fín y David Chase, el genio creador de la mejor serie televisiva de todos los tiempos sabía que era el momento de cerrar el ciclo de la familia Soprano. En su mejor momento, cuando alcanzaba las más altas cotas de éxito y perfección, así se crean los mitos y las leyendas. Y los Soprano son, sin duda un hito en la historia de la televisión, su mayor obra maestra.
Hace ya 8 años David Chase se atrevió a crear una serie de televisión que revolucionaría el formato de lo que hasta entonces se venía haciendo: una realización totalmente cinematográfica, una complejidad hasta entonces nunca vista en una serie de televisión, una historia que adquiría su sentido no episodio a episodio sino temporada a temporada, donde las historias y personajes crecían con el paso de los años. Era una obra compleja porque partía de una base a priori fácil: una familia de gangsters italoamericanos retratados en la difusa línea que hay entre el realismo y los códigos míticos del cine de la mafia italoamericana, heredada de la generación de Coppola o Scorsese. Sin embargo, sin dejar atrás este punto de partida, supo crear algo yendo más allá de esta obviedad, logrando convertir la serie en una referencia propia dentro del género y con su propio lenguaje. Baste poner como ejemplo el desarrollo de su protagonista, Tony Soprano, para entender esa honestidad y complejidad a la hora de hablar del tono general de la serie: cuando mayor parece la empatía que el espectador siente hacie él y cuando más evidente se hace su mitificación siempre se produce una ruptura total en esta línea, llegando a producir incluso repulsa en el espectador hacia el personaje y/o sus actos. Ya lo deja claro el propio personaje en una sorprendente secuencia en la que tras ser cuestionado por las motivaciones que ha tenido para haber destruido a una persona éste sólo puede responderle con la mas cruda realidad posible: "Porque es mi naturaleza".
Atrás quedan ya secuencias míticas que se sumarán por siempre a aquellas otras de películas como El Padrino, Uno de los nuestros, Casino, Muerte entre las flores y otras. En las dos últimas temporadas ya se adivinaba el lado oscuro y derrotista por el que derivaban sus personajes inevitablemente condenados a la decadencia. La última de ellas, directamente creada para mostrarnos esa catarsis final de destino fatal, es una obra maestra indiscutible. Antes o después el mundo deshnoesto, violento y tramposo de Tony Soprano tiene que volverse contra él, y esta sensación crece con el paso de las temporadas hasta que inevitablemente, al final del todo, Tony tiene que hacer frente al destino que ha ido forjando a lo largo de los años. De esta idea surge una de las secuencias que más me han impresionado de la serie, aquella que sin duda homenajeaba a El Padrino II, con un Michael Corleonne aislado y melancólico ante el desmorone emocional de su familia, por las decisiones que como cabeza de la misma no ha tenido otra opción que tomar para hacerla sobrevivir. Hablo de la secuencia en la que como el mejor Al Pacino encontramos a Tony Soprano sentado en la casa de su hermana, frente al lago y rodeado de un desnudo bosque invernal, meditando en silencio sobre a dónde le ha llevado el destino de sus acciones y, donde por vez primera, se cuestiona sobre cómo debe de ser el fín de todo, presintiendo la cercanía del desenlace de todo.
Cada último capítulo de la última temporada contiene la desaparición o destrucción (unas veces literal y otras veces metafórica) de alguno de los personajes vitales de la serie. Cada episodio nos empuja cada vez más al final de todo, al desenlace inevitable que los personajes han ido labrando durante su existencia; lo hace además de una manera irremediablemente dramática, como son las decisiones que durante todos esos años los personajes han tenido que tomar y acorde con el mundo que han creado para vivir.
Al final no quedará nada. Ni enemigos, ni amigos. Y la única duda que queda es la de si el centro de todo, Tony Soprano, logrará sobrevivir una vez más al negro destino que parece imposible burlar. No recuerdo escena final más emotiva que ésta en televisión y, desde luego, pasa a ser ya una de mis favoritas cinematográficas. Está claro que 8 años siguiendo apasionadamente el devenir de los personajes hacen que todo momento dramático final adopte una dimensión mucho mayor. No voy a narrar la secuencia final, no tiene sentido, pero si voy a decir que el final (muy polémico por cierto en USA durante su emisión) supera en maestría, más si cabe, al resto de la serie y demuestra la valentía de David Chase para huir de la fórmula fácil y buscar formas narrativas más complejas.
Muchos han terminado la serie sin saber qué es lo que realmente pasa en esa secuencia final. Aún hay varios foros en la red donde se debate, más emocionalmente que racionalmente, qué es lo que realmente pasa o deja de pasar al final. La clave para entenderlo pasa por haber aprendido durante estos 8 años el lenguaje propio de la serie. A mí me costó ver 3 veces seguidas la secuencia final para llegar a ese momento en que lo pude por fín entender. Y os aseguro que fue entonces cuando se me puso un nudo en la garganta y me rendí ante tamaña obra maestra absoluta. La clave, repito, es entender el lenguaje propio de la serie y asumir (nuestro mayor lastre) que todo ha llegado ya a su fín. El final del mundo de Tony Soprano es también la muerte de él mismo y, como he dicho, cada episodio de la úlima temporada supone la progresiva desaparición del mundo de éste. Y por eso, Tony Soprano muere al final de la serie. Y estoy dispuesto a demostrárselo a quien quiera.
Lo que no estoy dispuesto, aún, es a aceptar que jamás habrá una nueva (y ya imposible) nueva temporada de la mejor serie de todos los tiempos. Y revisarme mil veces las 7 temporadas me parece insuficiente a todas luces. Me quedo, por lo menos, con el sabor agridulce que deja esa mimsa secuencia en la que Tony, por lo menos, descubre que hay algo de bueno en el legado que ha dejado a su hijo. Y todo mientras suena a todo trapo "Don't stop believing" de Journey. Sin duda el mejor epitafio de un padre para su hijo.
Es evidente que la España de hoy en día no es ya aquél redil de patrios españolitos herederos del landismo, que paseaban con orgullo por el mundo la bandera del Spain is different. Con aquél lema, la generación de nuestros abuelos y padres intentaba compensar el retraso social y cultural que nuestro país sufría respecto del resto de Europa por el aislamiento que la dictadura nos causó, pero de una manera un tanto orgullosa y "sin complejos", muy propia del patrioterismo español.
España era un país de paletos, mal que nos pese, y en aquellos años encontramos en las películas de Alfredo Landa, y el mencionado lema, la manera de sacar pecho frente al resto del mundo, que nos miraba por encima del hombro con condescendencia por lo primario de nuestra sociedad de aquellos momentos. No seré yo quien vaya a juzgarlo, probablemente fue una fórmula lógica al complejo que durante tantos años los españoles fuimos incubando viendo pasar al resto del países a velocidad de vértigo delante nuestro, quedándonos cada vez más atrás, como un país de pueblos, jamones y paellas que no era tomado en serio en ningún lugar de este mundo. Quizás, ante la imposibilidad de en aquél momento servirnos de algún valor más honorable, ya que probablemente no lo teníamos, la única arma posible era hacer acopio de orgullo de hasta nuestros retrasos culturales.
Veamos. Evidentemente España no es la España franquista ni de lejos. Su sociedad posee más medios, culturalmente somos una referencia a nivel mundial, la modernización del país es mas que evidente, tenemos infinidad de valores de los que presumir, etc... pero creo que la esencia de aquél españolito que sacaba pecho de sus complejos, sigue aún de manera generalizada dentro de la mayoría de nosotros.
Siempre comento la vergüenza patria que siento (y que conste que me considero una persona patriota) cuando viajo al extranjero y me cruzo con grupos de españoles. Los ejemplos a contar son innumerables; probad a pasear por cualquier capital centroeuropea, caracterizadas por reinar el orden, el civismo y la tranquilidad y comprobad quienes suelen ser casi siempre los que rompen esta armonía con sus gritos, aspavientos y sus "aquí estoy yo que vengo de España miradme todos como somos los españoles" (si exceptuamos a los italianos, claro). Comprobad las reacciones de nuestros compatriotas cuando algún educado ciudadano del mundo osa reprenderle por algúna muestra de comportamiento incívico: sacará pecho, sonreirá con ironía, levantará la barbilla orgullosamente para decir aquello de "...en España es que somos así!". Spain is different de vuelta.
Toda esta reflexión viene a cuento de algo que me pasó en semana santa.
Aprovechando el jueves santo salimos al centro de Madrid a ver un par de exposiciones por la zona del paseo del Prado. Para los que no sean de aquí, es el paseo donde se encuentran el Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza, el Jardín Botánico y ahora el Caixa Forum entre otras cosas. Es probablemente la calle con más concentración de turismo de Madrid (las calles principales están hasta indicadas en japonés) y es, por consiguiente, la calle donde más tiendas y puestos de souvenirs patrios se venden.
¿Quieren ustedes saber cuál era el souvenir estrella que se ofrecía en todos los puestos y tiendas? ¿Quieren adivinar de todos los tópicos culturales de nuestro país cuál era el último en aparecer y ofrecerse con más orgullo y sorna, incluso por encima de los Quijotes, Sanchos, flamencas y toritos? Pues miren la foto de abajo y salgan de dudas:
Por eso, vuelvo a plantear la cuestión: ¿El españolito del siglo XXI difiere en esencia mucho del españolito del siglo pasado y su Spain is different haciendo bandera de su paletismo?
Apuntes, viajes, ideas, reflexiones e inspiraciones de alguien que ve la vida del color del celuloide. Una vida cuya banda sonora suena a Nino Rota, con el Bronx de Scorsese por escena y con el aroma de aventura de Lawerence en el desierto de Arabia. Me enamoré de Audrey en "Dos en la carretera", desfilé junto a Espartaco a las puertas de Roma, lloré con De Niro jugando a la ruleta rusa en "El cazador" y siempre trasnoché en el café de mi camarada Rick's. Siempre me emocionó Chaplin, siempre me conmovió Lemmon, siempre quise ser como Newman en el "El buscavidas" para perder todo y huir a Inisfree... Si algún día la muerte me llegara que sea entre los árboles de Bergerac, que me coja en plena huida sobre la moto de McQueen, para acabar apagándome bajo la lluvia cual replicante, recitando "like tears in the rain".